Nada más que libros - El realismo mágico

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“Sin embargo, antes de llegar al verso final ya había comprendido que no saldría jamás de ese cuarto, pues estaba previsto que la ciudad de los espejos (o los espejismos) sería arrasada por el viento y desterrada de la memoria de los hombres en el instante en que Aureliano Babilonia acabara de descifrar los pergaminos, y que todo lo escrito en ellos era irrepetible desde siempre y para siempre porque las estirpes condenadas a cien años de soledad no tenían una segunda oportunidad sobre la tierra.” Fragmento final de “Cien años de soledad” de Gabriel García Márquez. El término fue acuñado en 1.925 por el crítico de arte alemán Franz Roh para caracterizar la pintura post-expresionista alemana de 1.918-1.925, aunque el término fue pronto sustituido por el de . El Realismo Mágico surgió tras la I Guerra Mundial, en el periodo álgido de las vanguardias de entreguerras, como reacción al cansancio que un grupo de artistas sentía del exceso de experimentación, de formalismo, de abstracción y, en definitiva, de deshumanización de las primeras vanguardias: Futurismo, Cubismo, Dadaismo, etc. Parece ser que fue el italiano Massimo Bontempelli el que poco después empezó a difundir el término de Realismo Mágico, aplicándolo a la literatura. Se trata por tanto, de un término surgido primero en las artes plásticas y luego en la literatura en el primer tercio del siglo XX para referirse a creaciones que mezclan realidad y fantasía de modo natural. Es decir: el realismo mágico se caracteriza por la invasión en la realidad de una acción fantástica descrita de un modo realista, ya que se muestra lo irreal y extraño como algo cotidiano y común, y, por contra, a veces se presenta lo común como algo maravilloso. En literatura este término se ha aplicado a una serie de obras y autores hispanoamericanos fundamentalmente de los años 50, 60 y 70 del pasado siglo. Se ha discutido sobre si existe diferencia entre los términos “realismo mágico”, “realismo maravilloso”, “realismo fantástico” y “lo real maravilloso”, aunque podemos considerar estos como sinónimos es conveniente hacer algunas matizaciones. El realismo mágico muestra lo irreal o extraño como algo cotidiano y común. Para ello se vale de los elementos culturales, folclóricos y míticos de las culturas nativas o indígenas de América Latina para alterar la realidad a través del mito. Dos de los principales exponentes del realismo mágico son el colombiano García Márquez y el mexicano Juan Rulfo. En el “realismo fantástico”, en cambio, el peso de lo sobrenatural es mayor y la influencia mítico-indígena, menor. Esta tendencia es característica, sobre todo, de escritores del Cono Sur, especialmente los argentinos Borges, Cortázar y Sábato. El escritor cubano Alejo Carpentier, utilizaba para referirse a su estilo el término “lo real maravilloso”, que podríamos describir como la búsqueda de propiedades mágicas dentro de la realidad misma. En sus propias palabras: ”Lo maravilloso comienza a serlo de manera inequívoca cuando surge de una inesperada alteración de la realidad”. Carpentier se refiere al ambiente mágico, ancestral, supersticioso y colorista atestiguado por cualquier visitante que haya asistido a determinadas ceremonias o lugares emblemáticos del folclore de algunos países del centro y del sur del subcontinente. Lo “real maravilloso”, por tanto es la transcripción literaria de ese ambiente mágico arraigado en las culturas indígenas de origen africano. Este término pronto se confundió con el de “realismo mágico”. No obstante, los autores asociados a “lo real maravilloso”, como el mismo Carpentier y el guatemalteco Miguel Angel Asturias, se caracterizan por un estilo neo-barroco, es decir, ampuloso, complejo y muy adornado. Se conoce como al fenómeno editorial que puso de moda en la época de los sesenta a los narradores hispanoamericanos. A comienzos de esa década, un grupo de jóvenes escritores latinoamericanos, algunos de ellos instalados en ciudades europeas, obtuvieron una inesperada difusión internacional y un súbito éxito comercial, sobre todo por la labor de editoriales españolas y francesas. De repente los autores de esa zona se pusieron de moda, saltaron el charco y conquistaron a una nueva generación de lectores, muchos de ellos jóvenes universitarios contraculturales que leían a Sartre y estaban fascinados por la revolución cubana y el Che Guevara. No existe acuerdo de cual fue el comienzo de este fenómeno, pero sin duda una de las obras pioneras es la opera prima del mejicano Carlos Fuentes “La región más transparente” de 1.958. Algunos afirman que la obra fundacional fue “Rayuela” del argentino Julio Cortázar de 1.963; otros proponen a “La ciudad y los perros” del peruano Mario Vargas Llosa de 1.962; incluso hay quién retrotrae el origen del fenómeno a novelas de los años cuarenta. No todos los críticos aceptan esta etiqueta para designar un movimiento literario dotado de unidad, pues la variedad de los autores y de obras lo dificulta. Además, conviene tener en cuenta que el Boom no es un concepto generacional, pues bajo esta etiqueta conviven escritores de diferentes generaciones y procedencias. Algunos esgrimen, y no les falta razón para ello, que no es un fenómeno puramente literario, sino editorial, es decir, comercial, caracterizado por el éxito rápido e inesperado de un grupo de escritores, que contaron con el decisivo apoyo y difusión de algunas editoriales. Tampoco hay acuerdo en establecer la nómina de integrantes del Boom. A pesar de tomar con cautela el término y advertir que el panorama literario de Hispanoamérica, formado por muchos países de todo un subcontinente, unidos por una lengua común, es mucho más rico y diverso, creo que el concepto del Boom sigue siendo válido, ya que tiene varias décadas de recorrido y fue respaldado por uno de sus integrantes, el chileno José Donoso, en su “Historia personal del Boom” de 1.972. Una de las consecuencias del Boom es que actuó como un foco de atracción que sirvió para dar a conocer a otros escritores latinoamericanos que ya habían iniciado la renovación años antes, sobre todo los vinculados con el Realismo Mágico, o que son coetáneos pero no suelen entrar en las listas de los célebres autores del Boom. Nos referimos al guatemalteco Miguel Ángel Asturias, a los cubanos Alejo Carpentier, Guillermo Cabrera Infante y José Lezama Lima, los mejicanos Juan José Arreola, Juan Rulfo, Sergio Pitol y Fernando del Paso, el paraguayo Augusto Roa Bastos, los argentinos Manuel Mujica Laínez, Ernesto Sábato, Jorge Luis Borges, el venezolano Arturo Uslar Pietri, el colombiano Álvaro Mutis y el uruguayo Mario Benedetti entre otros. Carlos Fuentes abrió el camino con la compleja “La región más transparente” de 1.958, a la que siguieron otras obras audaces como “La muerte de Artemio Cruz” de 1.962, que empieza con un caótico monólogo interior o “Cambio de piel” de 1.967. Cortázar es autor de una de las obras más originales de la década, “Rayuela”, y uno de los mejores cuentistas en lengua española del siglo XX, heredero de Poe y Kafka, autor de relatos fantásticos e inquietantes. Gabriel García Márquez firmó la obra maestra indiscutible del Realismo Mágico, “Cien años de soledad”, y José Donoso será recordado, además de por haber popularizado la etiqueta en su ensayo antes citado, por una de las mejores novelas en español del siglo XX en palabras del influyente crítico Harold Bloom: “El obsceno pájaro de la noche” de 1.970. Mario Vargas Llosa también aplicó técnicas novedosas, como escenarios y narradores múltiples, saltos en el tiempo, monólogo interior, etc. en “La ciudad y los perros” de 1.962, y escribió su mejor obra, “Conversaciones en la catedral” de 1.969, en la que aunó de manera perfecta construcción formal con una trama centrada en la corrupción política. Como hemos dicho Miguel Ángel Asturias fue uno de los precursores de este grupo de narradores y uno de los primeros en utilizar el término . Está presente en “El señor presidente” de 1.948, una obra que inaugura (con permiso del “Tirano Banderas” de Ramón del Valle-Inclán de 1.926) el subgénero típicamente sudamericano de la “novela del dictador”, que tiene otras interesantes manifestaciones en “Yo el supremo” de 1.974 de Augusto Roa Bastos, “El recurso del método” de 1.974 de Alejo Carpentier, “El otoño del patriarca” de 1.975 y “El general en su laberinto” de 1.989 de García Márquez y “La fiesta del chivo” del 2000 de Vargas Llosa. Junto a Carpentier y Asturias, otro de los pioneros de movimiento fue el mexicano Juan Rulfo, que con sólo dos obras, el libro de relatos “El llano en llamas” de 1.953 y la novela “Pedro Páramo” de 1.955, es considerado como uno de los mejores escritores latinoamericanos del siglo XX. El cubano José Lezama Lima representa junto al citado Carpentier, lo que se ha denominado , una estética caracterizada por la exuberancia verbal y la complejidad, cuya obra cumbre es “Paradiso” de 1.966. Ernesto Sábato fue también uno de los primeros renovadores de la narrativa hispanoamericana con su primera obra, “El túnel” de 1.948, una novela negra existencialista que mereció los elogios de Thomas Mann o Albert Camus. Ya en los sesenta escribió la que para muchos es su obra maestra “Sobre héroes y tumbas” de 1.961. Acabaremos este pequeño repaso con el argentino Jorge Luis Borges, un intelectual clave en la difusión de las tendencias innovadoras de la literatura hispana de ese siglo desde su revista “Proa”; poeta ultraísta, lector incansable y, posiblemente, el mejor autor de relatos cortos del siglo, creador de piezas clave como “Ficciones” de 1.944 o “El Aleph” de 1.949; cuentos inteligentes e inquietantes, paradójicos e imaginativos. No cabe ninguna duda que todos estos autores fueron los creadores de una literatura nueva, original y mágica y colocaron en el mundo una realidad antes casi ignorada: la maravilla del universo vital de todo un continente.

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